Iberá en la sangre
por Lic. Anibal Parera
Coordinador Técnico Proyecto Conservación y Manejo de los Esteros del Iberá

Iberá es una palabra mística, en el idioma de los guaraníes, antiguos habitantes de esta región, quiere decir “aguas que brillan”. Aquellos habitantes de los esteros –estos increíbles humedales de más de un millón de hectáreas de extensión–, creían que las lagunas estaban habitadas por espíritus. Y los bosques, aquí llamados “ islas ” porque eso es lo que parecen enclavados en un mar de pajonales, eran su morada. Entonces los aborígenes decían que estos sitios estaban asombrados (ensombrecidos por estas almas penitentes). Así, cuando los indios abandonaban los campamentos en las “islas”, destruían todo: los cacharros, los techados de paja, las pozas… No es que fueran particularmente dañinos. Como comenta el antropólogo Juan Mujica: “ Simplemente no querían que aquellos habitantes de las sombras utilizaran sus cosas ”.

Recorrí los esteros por primera vez de la mano de colegas biólogos o estudiantes de la carrera de la Universidad de Buenos Aires. Tras las huellas de la nutria gigante (los locales lo llamaron “ariraí” o “lobo gargantilla”), un gran carnívoro del Iberá que parecía haber pasado a la lista de las especies perdidas. Así fue: llegamos tarde y la nutria gigante, antaño gregaria y ruidosa, pasó a integrar la para nada feliz nómina de cinco mamíferos desaparecidos de la comarca, junto al yaguareté, el oso hormiguero, el tapir y el pecarí de collar.

A ellos podrían seguirle en nuestros días el venado de las pampas, el aguará guazú (un verdadero zorro lobo), el tordo amarillo (un ave) y otros…

La idea es no seguir rompiendo los cacharros ” me dijo el director del Proyecto Iberá de la Fundación Ecos Miguel Reynal, cuando me invitó a sumarme a esta iniciativa amparada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Fondo para el Medio Ambiente Global (GEF). Ingresar de esta forma al equipo de Ecos me permitió tomar contacto con una compleja realidad. Corrientes es una de las provincias más pobres del país, que ha pasado por numerosas crisis institucionales en las últimas décadas, que posee buena parte de su territorio bajo el agua y que declaró, en el año 1983, que quería conservar la naturaleza de este gran bloque de humedales. Sin embargo, no ha podido avanzar mucho desde entonces: su temprana experiencia en manejo de áreas protegidas, los magros presupuestos fiscales, la falta de conciencia en la población, fueron algunos de los ingredientes que lo impidieron.

Nuestro proyecto, así como otras actividades encaradas por la Fundación Ecos en Corrientes, intentan abordar el asunto desde un ángulo interdisciplinario y participativo.

Desarrollamos un Plan de Manejo para la reserva del Iberá, encaramos los desafíos de la caza furtiva, la pesca deportiva, el ecoturismo, la ganadería marginal, los intereses de arroceros y forestales, la educación ambiental y los altibajos del gerenciamiento político y administrativo de un área que incluye siete departamentos, más de diez municipios, cientos de grandes estancias y miles de hectáreas que, para muchos, son algo así como un vacío en el mapa. Al que hay que llenar con algo: caminos, rutas, puentes o diques.

Miguel Reynal sabía lo que decía, cuando hablaba de no romper los cacharros. No hay en verdad espíritus malos que quieran usar nuestras cosas, pero sí generaciones venideras que nacen con el derecho de disfrutarlas.

 

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